CRÓNICAS DOLOMÍTICAS: DÍA3 por jorf

O cuando las palabras resuenan vacías ante lo visto y sentido.


¿Palabras que intenten explicar las sensaciones vividas en un lugar sacado de los sueños de un escultor lunático y megalómano?

Ni el más perturbado de los mortales podría imaginar un lugar de semejante belleza.

¿Frases que traten de describir lo experimentado en una jornada donde el miedo, la adrenalina y la excitación se unen para definir el significado de la palabra FE?

Ni vuestro más admirado poeta se acercaría siquiera a produciros una sensación que fuese un pétalo del campo de amapolas en que me encontré.

Un día que se unió todo para crear una de esas jornadas que se cincelan en la parte interior del párpado y reaparecen a cada pestañeo.

Vamos a ver si consigo transmitir algo de lo que fue, fuera de mí, pero sobre todo dentro.

Madrugamos, para qué variar, no?

Yo había visto en fotos un pequeño adelanto de lo que nos esperaba. Supongo que Santi no se pudo resistir a ponerme un caramelo en la boca, sabiendo que lo que iba a venir era tan grande que igualmente me cortaría la respiración.

Cargamos el material en la furgo y tomamos carretera hacia Longarone, y aquí nos desviamos por una estrecha carretera que sube haciendo preciosas herraduras hasta unos túneles que dan acceso a la presa de Vajont (de la que hablé el primer día por su catástrofe). Hoy puedo apreciar completamente todo el desastre: la presa completamente rellena de tierra y ladera, y un corte limpio y transversal en la pendiente muchos metros más arriba que nos acompaña en el trayecto durante varios kilómetros.
Pasamos por unos pueblos preciosos, chiquitines y tranquilos: Erto y Cimolais.En este último nos desviamos por una estrecha carretera que se va a internar por la Val Cimoliana…Y aquí empieza el pitoste…

Por un extrañamente familiar paisaje mediterráneo nos introducimos en el valle. Es sólo un espejismo porque enseguida se estrecha en un desfiladero que da paso a un cambio de mundo: Cascadas cayendo tímidamente entre las rocas, afiladas paredes, bosques de leyenda envolviendo la carretera, un río de enorme cauce fluye manso en sentido contrario a nuestra marcha. La furgo anda despacio y me da tiempo a saborear el paisaje, a dejar la mirada perdida en las inmensas moles blancas que cierran el cielo, en los valles adyacentes que se bifurcan del nuestro como las raíces de un árbol, en las copiosas graveras del río, mudo recordatorio de la fuerza del agua.

Pasamos por un universo sin sombras, es de día pero el sol aún no se ha alzado sobre las cimas del valle, el color del mundo es tenue, apagado y frío. Ello le confiere un aura extrañamente nostálgica y arisca.


Dureza de un mundo mineral creado a imagen y semejanza de la vida: sorprendente, severo, cambiante, complicado. Y que sólo necesita una pizca de luz para refulgir como una estrella fugaz.
El valle continúa durante mucho rato ganando altura lentamente. Crearía la sensación de que es plano si no fuera por el río que corre a nuestra vera y que cruzamos en alguna ocasión, siempre circulando por el fondo de la vaguada. Nosotros ya pronto aparcaremos a un lado, pero el valle sigue… y sigue… Nunca he visto uno tan largo, Pineta será más ancho y más alto, pero se queda muy muy corto. Bujaruelo es muy largo (pero no tanto), y no tiene la grandeza ni las enormes vallonadas afluentes de esta val Cimoliana. Sólo se me ocurre un adjetivo que le haga honra: Dolomítico!!

Nos cargaremos todo el material a cuestas, con las cuerdas de 60m coronando las mochilas, y comenzaremos a patear como medio de transporte y, porqué no decirlo, para combatir el frío aire de la mañana. Son las 8 y tras el largo viaje ya no hay ni rastro de sueño.
Noto duros los músculos, cansados, ardientes. Son los dos días anteriores que empiezan ya a hacer mella en el cuerpo, pero pasados 20 minutos y acomodado al ritmo de marcha el cansancio desaparece y, no obstante del elevado peso de los macutos, el ascenso se me hace muy agradable.

Ascenso? Si, hemos comenzado a ganar una ladera que consiste en una inmensa torrentera de grava y rocas surcada por los hilos que ha creado la erosión del agua en el deshielo o en las tormentas. Ciñendo esta lengua rocosa hay exiguos matorrales y sin solución de continuidad, como enraizadas en el propio sustrato de la maleza, las vertiginosas murallas de una gran fortaleza.


No vemos a donde nos dirigimos, sólo subimos por un terreno cada vez más escarpado y abrupto, ahora ya una barranquera bifurcada a la izquierda orográfica. Al fondo el cielo azul y los destellos del sol en las aristas cimeras de los picos, centelleando como estrellas en una noche serena.

Al rato, como si tal cosa Santi me llama “mira arriba” y boquiabierto descubro una cima que incipientemente crece tras la pendiente.

Una aguja gigantesca!

No, una colosal torre!

Nada de eso, es un perfecto campanario que se levanta contra toda lógica al final de la cuesta que subimos, justo abriendo el paso a Val Montanaia, el valle colgante al que nuestros pies y nuestros deseos nos han llevado. Campaniles los llaman aquí a estas demenciales formaciones que pretenden romper las bases geológicas. Un mallo sería en mi tierra, un morrón.

250 metros de altura y 60 de diámetro tienen la culpa de que mi respiración se haya detenido. El Campanile de Val Montanaia se erige como un gigantesco menhir, una ofrenda a los dioses de la montaña, un homenaje a la roca, el sol, el hielo y el viento, forjadores todos de esta maravilla con la que nos deleita la naturaleza. De manera totalmente lógica la llaman, valga la redundancia, La montaña Ilógica.

Tengo la suerte de conocer ya bastantes lugares impresionantes, pero tal vez este sea, junto con la Brecha de Rolando y Milford Sound, el que más me ha emocionado por su simbolismo. Porque no es sólo el, sino que su situación, en la entrada de un pequeño valle cerrado por unos picos en forma de sierra, resulta espectacular. Hay que verlo, no existe descripción posible.
Es tan famoso que hasta tiene facebook 🙂
Esta es una descripción de su ascenso y características: http://www.madteam.net/rutas/escaladaenroca/escaladas-als-dolomitas-i–campanile-di-val-montan.pere-tutusaus

Llegamos a la base tras algo más de dos horas de marcha, y escasamente protegidos del gélido viento nos equipamos para la escalada. Llevamos los pies de gato pero según Santi no harán falta más que en un largo y tal vez ni eso. Nos encordamos en doble, rápido recordatorio de señales y nudos y para arriba que nos enfriamos!!!
Se trata de una escalada de IV grado con un paso comprometido de V+. Para nada difícil técnicamente (con botas de montaña se sube bien) sí que tiene el compromiso de ser alta montaña, viento, frío, altura…

El frío, la tensión, los guantes y el ¿miedo? me hacen pasar un primer largo más comprometido de lo que debería y me cuesta mucho encontrar los pasos buenos para superar la fisura.

En el segundo largo ya empieza a darnos el sol, por fin!! Y hasta puedo quitarme los guantes. Voy cogiendo más confianza y pese a ser de mayor grado se me hace mucho más sencillo, escalo con facilidad y aunque tengo el estómago encogido como un gato dormido me encuentro cómodo.

El tercer largo se va mucho a la derecha tras una zona muy continua y disfrutona, y el cuarto apenas hay que trepar, pues es una travesía que nos devuelve a la izquierda.
Llegamos al paso más duro, un largo de apenas 10 metros con un inicio extraplomado de V+ donde conviene ponerse los gatos. Prefiero intentarlo sin ellos, y gracias a una cinta que Santi ha dejado colgada consigo superarlo a la tercera intentona.
Desde aquí queda el tomate de la vía. (el vídeo no es nuestro).

El sexto largo es una travesía de 20m hacia el oeste, fácil pero muy estrecha y con un patio de auténtico vértigo, realmente impresionante, una caída aquí te haría pendular pero bien!! La travesía de la risa que dice Santi, que cachondo el tío jejeje -nótese mi ironía 😉 -.
Séptimo largo, con salida extraplomada y donde sufro los mayores apuros, pues en este paso inicial se me engancha la bota en una fisura y no va ni para atrás ni para adelante, y yo quedándome sin fuerzas para agarrarme!! Tras mucho ceprenar y penar, y haciendo gala de mi escaso talento escalador consigo sacar la bota, aún a costa de romper los cordones de la misma.
Tomo aire y con un ligero tembleque en las manos termino el largo, desembocando en una bonita faja que, 60m por debajo de la cima sirve para rodear el Campanile por completo.

Octavo y último largo, 60m ya en el lado noroeste de la pared, completamente invernal. El blanco de la nieve se aprecia azulado por la oscuridad y el gris marrón de la piedra es negro como una noche sin luna.
Tengo que trepar en libre los primeros metros hasta que Santi llega alcanza la reunión porque la cuerda no llega. Este largo suele dividirse en dos pero visto el frío mejor hacerlo de un tirón. Me calzo los guantes y así, como un gato atontado voy subiendo.
Las manos están heladas pero disfruto muchísimo de estos últimos metros de la vía, pese a ser uno de los tramos más comprometidos, pues hay mucho verglás (capa de hielo transparente y dura apenas visible) con el que hay que andarse con tiento para no resbalar.
Tras unos gritos de Santi para indicarme las mejores presas arribo a la cima, chocamos las manos, y me siento casi el amo del mundo: Las vistas son inenarrables, 360º de puro éxtasis, un orgasmo de placer y sensaciones.

Una pequeña campana anclada en la cima (costumbre en los campaniles) espera ser tañida, y me doy ese pequeño y dominguero placer al tiempo que nos sacamos mil fotos.

Descendemos en rápeles, no puede ser de otra manera, y aunque en el primero me encuentro algo acojonado por el patio y la situación, rápidamente me vuelve la confianza y gozo de los siguientes, unos espectaculares rápeles volados que nos dejan en la base norte del Campanile.

Recogemos el material y nos acercamos al vivac que se haya en medio del valle, donde obtenemos la recompensa de una vista completamente nueva y distinta del “monolito”.
Cada cara parece un lugar diferente, otra torre, otro tiempo…

Comemos algo y después desandaremos el camino de subida, volviendo al coche parcos en palabras. Santi ha estado aquí ya varias veces y para el es un paseo, pero yo rumio por dentro la experiencia, algo inolvidable, mágico. Combinar la belleza de la escalada, el olor y tacto de la roca, la sensación de incertidumbre y el riesgo con este lugar resulta un sueño hecho realidad.

Cuando llegué a la cima me dije que nunca más haría una vía tan comprometida y larga, pero ahora, ya más frío y tranquilo, estoy deseando la próxima!!!

8 pensamientos en “CRÓNICAS DOLOMÍTICAS: DÍA3 por jorf

  1. Las fotos dejan sin respiración, sobre todo a mí que tengo vértigo y asomarme a un segundo piso me hace sudar las manos. Impresionante.

  2. En 1337, el gran artista del Renacimiento Giotto agonizaba en Florencia.

    Seguramente, alguno de sus últimos recuerdos se centraron en su estancia en Trento, donde hizo varias reformas en el Palacio del Príncipe-Obispo de la ciudad.

    Para un toscano de nacimiento, el frío de los Alpes era cruel, doloroso y caprichoso, entorpeciendo el trabajo de los obreros y retrasando sus plazos de entrega una y otra vez. Solo la belleza del paisaje mitigaba la espera, porque el genio descrubrió que posando la mirada en las montañas el tiempo pasaba más deprisa de lo que creía capaz.

    Largos paseos le llevaban con frecuencia hasta el valle donde se veía el Campanile de Val Montanaia, y más de una vez comentó lo feliz que sería proyectando uno para una gran catedral.

    Cuentan que Giotto murió con una sonrisa, quizá porque su genio le permitía adivinar que su Campanile, proyectado para la Catedral de Florencia, sería la más grandiosa construcción hasta la fecha, y la más bella, por eso no le importaba que la muerte llegase a reclamarlo antes siquiera de haber terminado la base de la torre.

    En realidad se alegraba.

    En aquellos paseos por los hoy llamados Dolomitas siempre comentaba admirado cómo Dios proyectaba y los elementos hacían realidad sus planes. De forma caprichosa, a su manera muchas veces, pero respetando los designios del Arquitecto Supremo.

    Cuentan que murió con una sonrisa, aunque es posible que fuese porque al final de su vida, aquel genio veía cómo su Campanile sería terminado por otros, siguiendo los diseños pero a su manera, como hizo Dios en los Dolomitas.

    Y de esa forma su obra postrera, la que le proporcionó la mayor satisfacción de su vida, sería un tributo a aquella maravilla de Val de Montanaia, y a la forma en que tuvo lugar su alumbramiento.

    El post es una auténtica maravilla, Jorf. Enhorabuena.

  3. Muchaaaaachooo….tas loco o qué?

    Vamos, soy yo tu madre y veo las fotos y te estoy dando hostias hasta que llegues a Andorra.

    Mama mía que canguelo me entra na mas verlo….

    Cuando me recupere (si lo hago) te digo algo…

  4. Joder GranMike, que grande!!!!
    Si tu comentario merece un post aparte macho, que chulada enterarse de esto.
    Eres un crack!!!

    Slum, suerte que no eres mi madre XDDDDD

  5. Una confesión, más que vertigo como Vialegre, lo que tengo es miedo a las alturas (si fuera vertigo, se supone que me marearia, y no es el caso, simplemente me acojono). Tanto que, cerca de mi casa, hay una presa abandonada construida en el siglo XVIII (un proyecto para hacer navegable el Manzanares llevando el agua desde el Guadarrama, http://es.wikipedia.org/wiki/Presa_de_El_Gasco). Pues bien, pese a que apenas rebasa los 50 metros de altura, soy incapaz de cruzarla encima de la bici, ya que el paso por donde esta derrumbada la cara sur es muy estrecho (en realidad, no tanto, pero a mi me lo parece), por lo que, cuando llego a ese tramo, opto por bajarme de la bici y disfrutar del paisaje a pie (no sabeis lo humillante que fue cuando me cruce con otros ciclistas que venian de frente y me preguntaron si habia pinchado, aunque luego uno que venia rezagado casi se cae por el barranco al equivocarse en un giro). Lo que quiero decir es que, por una vez, no envidio a Jorf, nunca me hubiera atrevido a subir ahi arriba (eso sí, tengo que ir a verlo desde abajo)

  6. Bueno, como ya decía que tenía envidia sana, me voy a pasar el puente a un pueblecito llamado Terriente, al lado de Albarracín, entre montañas, aunque a un nivel más de principiante a las aventuras de Jorf.

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