LA LESIÓN INVISIBLE por snedecor

– Es que no fue una decisión – insiste Taylor, meneando la cabeza -. Cuando pasan 18 meses y no te encuentras bien, empiezas a pensar que algo va mal. Estaba en el Garden viendo el quinto partido de las Finales de la NBA y le pregunté a mi amigo que por qué Phil Jackson y Doc Rivers se sentaban juntos. Me miró como si yo tuviese tres cabezas… – sonríe al recordarlo -. En ese momento lo supe. Habían pasado dos años y no podía sentarme a ver un partido de baloncesto sin ver doble. No, no es una decisión que tú tomes.

– Así que visión doble, dolores de cabeza…

– Cuando digo dolores de cabeza, son dolores de cabeza – interrumpe Taylor para dejar claro a qué se refiere -. Muy intensos. No es eso de “uf, creo que he tomado mucha cafeína”. Hablo de que es como si alguien te estuviera apretando muy fuerte los dos lados de la cabeza.

– ¿Cuál es la frecuencia de esos dolores?

– Son constantes. Es desde que te levantas hasta que te acuestas. Cuando te despiertas, tienes la sensación de que no has dormido nada. Es como preparar un examen final las 24 horas del día, siete días a la semana, así es como notas el cerebro. Y luego las náuseas y los vértigos. Los vértigos… como cuando estás en un ascensor y notas que cae. Esa sensación la tengo estando con los pies en el suelo. La primera vez fue en el campo… – Taylor desvía la mirada y hace una pausa, evocando aquel instante -. Estaba caminando y fue terrorífico. Sentí que de repente el suelo se hundía bajo mis pies.

– Jesús… – acierta a decir el periodista, tratando de imaginarse la sensación.

– Y luego está la visión doble, las náuseas, el no poder ver la tele en HD, no poder leer… – ahora Taylor habla muy rápido, como si estuviera recitando la lista de la compra y no relatando unos síntomas -. Quiero decir, estar leyendo y no ser capaz de leer. Da miedo. Es como si detrás de tus ojos todo se mezclara.

– Ya.

– Esas son las… cosillas. Hay más, claro – Taylor sonríe, quizás porque sólo él sabe por todo lo que ha pasado y puede bromear sobre ello, pero eso desconcierta a su interlocutor -. Los puntos verdes y rojos, las lagunas en la memoria…

– Pero, dime – el entrevistador intenta reconducir la conversación -. ¿Cuál es la frecuencia de esos síntomas ahora?

– Siguen ahí – ahora Taylor vuelve a mostrarse serio, mirando a los ojos al periodista -. Hoy me he levantado con dolor de cabeza porque estaba lloviendo. Pero sí, desde que he dejado de correr son menos frecuentes.

La entrevista continúa y Taylor sigue hablando de su nueva vida. De cómo ahora sólo se pregunta si alguna vez podrá tener la oportunidad de volver a sentirse completamente bien. Sólo eso. Incómodo, el periodista se revuelve en su asiento sin saber muy bien qué decir. Imagino que no quiere compadecerse del entrevistado, pero es difícil no caer en la tentación. Y qué demonios, tampoco importa demasiado.

Ante él hay un hombre joven, que apenas llega a la treintena. Una estrella del soccer que acaba de anunciar su retirada hace un mes y ahora le habla con desgarradora frialdad de su dura realidad diaria. Taylor Twellman ha sido durante años uno de los más grandes delanteros estadounidenses, aunque durante un tiempo su carrera apuntó también al béisbol, deporte en el que destacó su abuelo materno Jim Delsing. En 1998, al acabar el instituto, donde compaginaba ambos deportes, Taylor rechazó una oferta de los Kansas City Royals para irse a la Universidad de Maryland, becado en principio para formar parte de su equipo de béisbol. Pero no llegó a jugar ni una entrada: la temporada de soccer comenzaba antes y Twellman no sólo se enroló en ese equipo, sino que acabó siendo premiado por la Federación Estadounidense como la Aparición del Año. Dedicado ya plenamente al fútbol, brilló en el Mundial sub’20 de Nigeria 1999, donde anotó cuatro goles y llegó a poner en aprietos a España, a la postre campeona, con un doblete en el partido de octavos de final. Después probó fortuna en Alemania, en el Munich 1860, pero no tuvo minutos en el primer equipo y acabó volviendo a casa atraído por una Liga necesitada de referentes nacionales. New England Revolution se hizo con sus servicios en 2002 y pronto se convirtió en su jugador más importante. Durante ocho temporadas Twellman fue uno de los goleadores más regulares de la MLS, marcando 101 tantos en 174 partidos (sólo 3 fueron de penalti) y siendo 30 veces internacional. Su punto fuerte, el juego aéreo. También fue su talón de Aquiles.

Tengo compañeros que me dicen: “Bueno, ya te encuentras mejor, ¿no?”. No sé, a lo mejor piensan que voy a ponerme un casco de fútbol americano y salir a jugar otra vez. Pero no, eso no va a pasar. Es muy frustrante que la gente te mire y no pueda saber que estás lesionado, sólo porque no llevas una escayola o no usas muletas. Es una lesión invisible.

Twellman padeció su primera conmoción cerebral en 2003, en un partido contra Los Angeles Galaxy. El defensa Danny Califf le pateó involuntariamente la cara al intentar despejar un balón que apenas estaba a un palmo del suelo. Porque Twellman, sin ser un tanque, era de los que iba a por todas, uno de esos delanteros de raza capaces de rematar un cochinillo si caía en el área. Sufrió un traumatismo craneoencefálico, pero se recuperó y volvió a jugar a buen nivel, tanto que en 2005 se hizo con los premios de Máximo Goleador y Mejor Jugador de la liga. Con los Revs alcanzó cuatro subcampeonatos de la MLS y ganó una Copa de USA. En 2006 su ausencia de la lista de convocados para el Mundial de Alemania generó una gran polémica, y entre 2007 y 2008 la MLS rechazó varias ofertas de diversos clubes europeos por él; la última, del Preston North End inglés, contra la voluntad del jugador. Hasta que en agosto de 2008, otra vez en un partido ante los Galaxy, el portero Steve Cronin salió de puños e impactó contra la cabeza de Twellman, que marcó el gol más amargo de su carrera (ver vídeo, min. 0:55).

Esta vez le diagnosticaron problemas cervicales, pero el daño era mucho mayor. Había sufrido otra conmoción cerebral, invisible en un reconocimiento normal. Un par de semanas después, durante un partido contra Columbus Crew, Taylor comenzó a sentir vértigos y a ver doble, y supo que algo no iba bien. Le hicieron más pruebas, detectaron el problema y le recomendaron que descansara unos meses. En la temporada 2009 sólo jugó dos encuentros como suplente, en el mes de mayo, y llegó a marcar dos goles ante los New York Red Bulls. Eran sus goles 100 y 101 en la MLS y con ellos se convertía en el primer jugador en alcanzar la centena de tantos con una misma camiseta, pero no estaba recuperado. La semana siguiente su nombre volvió a la lista de lesionados de larga duración. Ese fue su último partido, y sólo ahora hemos podido conocer al completo su terrible historia.

Durante dos largos años, Taylor Twellman luchó contra los síntomas que le impedían hacer una vida normal, pero también batalló contra sí mismo. Quería regresar a los terrenos de juego, pero todos sus intentos fracasaban. Lo intentaba, volvía a entrenar y tenía que parar otra vez. Twellman probó con todo, hacía sesiones de acupuntura de tres horas todas las mañanas, llegó a usar el pulsómetro hasta para ir al supermercado, a encerrarse durante días en habitaciones oscuras, hasta que tuvo que rendirse a la realidad. Los intentos por regresar a la práctica profesional del deporte sólo empeoraban su estado. Los síntomas físicos eran difíciles de sobrellevar, pero los emocionales eran aún más complicados.

He envejecido 20 años de golpe. Cuando jugaba me sentía como un niño de 12, me divertía mucho, disfrutaba en el campo y me lo pasaba muy bien en el vestuario. Soy un tipo alegre, positivo. Dime que algo no funciona y trataré de arreglarlo, dime que no valgo y te demostraré que te equivocas. Así soy yo. Pero esta lesión ha sido un laberinto y me ha hecho conocer otro aspecto de la vida: la depresión. He hablado con deportistas que han sufrido este mismo síndrome y todos dicen que es lo más difícil de llevar. Y he llorado, claro que he llorado. Es la reacción más natural. Tengo mi orgullo y nunca lo hacía en público, pero cuando estaba solo en casa o en el coche… he llorado mucho. Era la forma de desahogarme, de quitarme la ansiedad. Ir a los partidos, entrar en el vestuario y mirar a mis compañeros a la cara… te dirán que me mostraba alegre, pero para mí esa era la parte más dura. Y después, cuando me metía en el coche, lloraba. Lloraba porque no podía hacer nada por ellos, y yo era la pieza que necesitaban. No hemos entrado en los play-offs este año y te diré por qué. Necesitaban un goleador. Y yo no estaba allí.

Twellman pudo salir de esa depresión gracias al apoyo de su familia y amigos. Los amigos de verdad, la familia que siempre está ahí. Los aficionados que le veían como algo más que el número 20 de su equipo, que se preocupaban por la persona que había detrás. Fue cuando se dio cuenta de que no podía seguir así. Cambió su perspectiva: dejó de pensar en el regreso y se centró en estar mejor.

Cuando te dicen que si quieres vivir y estar sano tienes que dejar el fútbol, la decisión está clara. Ahora mi entrenamiento se limita a leer el periódico durante treinta minutos. Puedo jugar al golf, hacer mis 18 hoyos caminando… Sí, ese es un buen entrenamiento. No juego sólo por entretenerme, es que además es la única actividad competitiva que puedo hacer ahora y que me permite estar al aire libre. También puedo conducir, incluso jugar un poco con videojuegos. Puedo colaborar en una retransmisión de la ESPN sin tener molestias… Cosas que en julio eran imposibles. Desde que dejé el ejercicio he mejorado mucho, y eso me da esperanzas. El cuerpo humano es extraordinario, se va curando solo y voy a darle la oportunidad de que lo haga. Lo que no puedo hacer es que mis pulsaciones pasen de 115 o 120, pero mientras estén por debajo estoy bien. Ese es mi límite ahora. Y por supuesto nada de fútbol ni otros deportes de contacto. Cuando el médico te dice que no puedes permitirte sufrir otra conmoción, debes minimizar los riesgos que estén en tu mano.

Ya no marcará más goles, pero Twellman sabe que todavía puede ser útil. Desde antes de anunciar su retirada definitiva, Taylor se puso en contacto con otros deportistas de élite que habían sufrido conmociones cerebrales en sus carreras. Llegó a la conclusión de que hay que cambiar muchas cosas. Por ejemplo, el trabajo con los niños.

Lo primero que hay que hacer es educar a cada chaval, a cada entrenador, sobre las conmociones. Y voy a luchar por cambiar algunas cosas. ¿Por qué cabeceamos tanto el balón con 8, 9, 10 años? Está científicamente demostrado que el cerebro no está todavía desarrollado por completo a esas edades, pero vas a un entrenamiento de niños y es todo cabezazos y cabezazos. ¿Realmente es un aspecto tan importante en el juego a esa edad? No hablo de cambiar el fútbol. El remate de cabeza es una parte natural del juego. Pero con 11 años se puede jugar maravillosamente bien al fútbol y no necesitas ir a entrenar dos veces a la semana a dar 100 cabezazos al balón.

También hay que cambiar la perspectiva que se tiene de esta lesión, incluso desde la medicina deportiva. Porque si algo ha aprendido Twellman después de hablar con deportistas en su misma situación es que no hay un patrón común.

He contactado con 30 deportistas: atletas, jugadores de béisbol, de hockey, de fútbol americano… y hay que eliminar ese pensamiento de “claro, es que Twellman ha sufrido nueve golpes en la cabeza durante su carrera”. No, realmente no sé por qué he tenido que retirarme. Sólo sé que he tenido dos incidentes serios que se han cobrado su peaje y que del segundo mi cuerpo no ha podido recuperarse. Pero puedes sufrir sólo uno y no recuperarte jamás. Hay que insistir en la formación de médicos y entrenadores. No puedes llegar a un tipo que ha recibido un golpe en la cabeza como el que yo recibí, mirarle a los ojos y decirle “no tienes una conmoción”. Eso es lo que me dijeron a mí, y así es imposible. Se trata de que al ver los síntomas, sepan lo que tienes y puedan tratarte mejor. Si mejoramos la educación, también entre los médicos, podremos cuidar mejor de los jugadores.

Gracias en parte al caso de Twellman (y al de otros jugadores de la Liga, como Bryan Namoff o Alecko Eskandarian, que también tuvieron que retirarse recientemente por una causa similar), el próximo año la MLS aplicará unas nuevas directrices para las jugadas en las que se produzca un impacto en la cabeza de algún jugador. El futbolista deberá ser sustituido inmediatamente y pasar un reconocimiento exhaustivo ante un especialista. Toda precaución es poca, pues el cerebro sigue siendo el órgano más desconocido del cuerpo humano. Hacen falta más estudios, y el propio Twellman ha decidido implicarse al máximo: cuando muera donará su cerebro a la ciencia. Pero para eso, esperemos, todavía falta mucho. De momento ha creado una fundación para rehabilitar espacios deportivos en Boston y pronto dirigirá su propio campus para niños. Le gustaría seguir comentando partidos para la ESPN (ya ha participado esporádicamente en alguna retransmisión) y quizás algún día se convierta en un buen General Manager, otra de sus aspiraciones para el futuro. Taylor sigue sonriendo al fútbol, sin reproches, porque sabe que siguió hasta el final el consejo que su padre, ex–futbolista profesional en la NASL, le inculcó desde pequeño, y que ahora entiende más que nunca:

“Dalo todo en cada partido, porque nunca sabes cuál puede ser el último”.

NOTA.- Las declaraciones de Twellman no son literales, pero tampoco han sido tergiversadas. Simplemente he cortado, pegado y editado fragmentos de varias entrevistas y de sus propias palabras en la rueda de prensa en la que anunció su retirada para ofrecer una visión más completa de sus sensaciones y pensamientos.

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9 pensamientos en “LA LESIÓN INVISIBLE por snedecor

  1. Buen artículo de nuevo, Snedecor, gracias por escribirlo. En seguida me he acordado de Bojan, que sufrió algo parecido el martes y lo ingresaron para observarlo. Y Dudek a punto estuvo. Y Valdés que casi hace lo mismo contra uno del Copenhage. Realmente ocurren estas cosas demasiado; o se controlan o acabaran jugando con cascos, en especial los niños.

  2. Cada jugador, cada persona…. todos tenemos nuestra historia. Lo difícil es localizarla y saber contarla.

    Felicidades Snedecor.

  3. Pues yo me he acordado de Peter Czech y su costumbre de jugar con una chichonera.

    No creo que sea muy difícil fabricar una protección que permita jugar de cabeza con seguridad.

    El fútbol no es como otros deportes, baloncesto o balonmano por ejemplo, donde el tacto de la mano y los dedos en el balón es imprescindible.

    Al fin y al cabo en los pies se usa una bota, ¿qué impide usar una protección en la cabeza?

    Nada, excepto que los medios no podrán sascar la diadema de Guti o el nuevo peinado de CR7 mientras juegan.

  4. Fenomenal artículo snedecor, me ha parecido muy interesante.

    Greatmike, si no recuerdo mal, porque cito de memoria, creo que Czech juega con chichonera porque tuvo una fractura en la cabeza, resultado de un golpe en un partido, creo.

    Y también, como nojavino, me acordé del fatal desenlace de Gallardo y del pobre Baltazar, que luego jugó en el Atleti, entre otros equipos.

  5. Brutal, snedecor. Imagino la de preguntas sin respuesta que debió formular de hospital en hospital… Debe ser terrible vivir esa incertidumbre y ese caos constante en la cabeza.

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